martes, 9 de junio de 2015

¿Oficios que se heredan?

El fotógrafo ambulante


Si bien las primeras fotografías comenzaron a realizarse a partir de 1835 con el descubrimiento del daguerrotipo, no fue sino hasta mediados del siglo XX cuando las cámaras fotográficas se convirtieron en un objeto que, aunque costoso, podía encontrarse en algunos hogares.

Hasta entonces, inmortalizar un evento familiar, una reunión o un retrato eran verdaderos acontecimientos que obligaban a acudir a un estudio fotográfico si se trataba de una ciudad o, en el caso de los pueblos, esperar la visita del único profesional que podía efectuar el milagro:
el fotógrafo ambulante.

Cargando con armatostes tan pesados y aparatosos como delicados en su manejo, los fotógrafos ambulantes recorrían pueblos y pequeñas ciudades ofreciendo sus servicios de forma casual o premeditada.  


Cuando cada fotografía era una parte importante del patrimonio familiar, parte de los preparativos de una boda en una remota aldea era el concertar la visita del fotógrafo ambulante para que dejara constancia de esa fecha inolvidable.  

De igual modo, podía requerirse sus servicios para una reunión familiar, un bautizo, una comunión o una defunción.

El fotógrafo ambulante dejaba así con su trabajo un testimonio valioso que se atesoraba durante décadas e incluso formaba parte del legado que heredaban sus hijos o nietos.  
Esa polvorienta caja con viejas fotografías…

Pero para muchas familias, el humor no podía tener cabida en su modesto presupuesto familiar, de modo que los servicios del fotógrafo ambulante tenían que limitarse forzosamente a retratar los instantes más importantes de su vida.

Así nacieron esas fotografías que conservamos hoy con sus manchas de humedad y su entrañable deterioro. 

La única foto de nuestro abuelo, el único retrato que tuvo en su infancia nuestra madre, la única imagen, y solamente ésa, en la que nuestro padre parece sonreír feliz y sin rastro de preocupaciones, seguramente por lo especial que se le antojó ese mágico momento.



Los fotógrafos ambulantes viajaban en muchas ocasiones con diferentes elementos de escenografía buscando tentar a sus posibles clientes con instantáneas más aventureras, cómicas,
espectaculares… así, el fotografiado podía elegir retratarse, impecable-mente vestido como un capitán, delante de un telón que mostraba el mar y un barco de guerra. 
O encajar su cabeza en la silueta de un vaquero, engañar al espectador más ingenuo subido a un caballo de cartón u ofrecer, sin más, una imagen divertida con un punto de humor.

Hoy, poco a poco, los fotógrafos ambulantes han ido desapareciendo de las calles de los pueblos, de los senderos de montaña que llevan a las aldeas más remotas. Apabullados por la popularización de las cámaras fotográficas, por la sencillez de su manejo, por su ya habitual presencia en los bolsillos de nuestras ropas.



Pero no se han ido sin dejar rastro, todo lo contrario. 

Tras de sí han dejado cientos, miles, millones de momentos inmortales. Situaciones, personajes, lugares, eventos que no volverán a ocurrir y que ahora están encerrados en cajas, en álbumes, en las galerías y archivos de los museos etnográficos…

Los fotógrafos ambulantes existieron una vez, dedicaron sus vidas a inmortalizar las nuestras y crearon con su abnegada labor uno de los mayores tesoros que un ser humano puede guardar: recuerdos.



por Sonia Meza en Mayo 18th, 2015


Fuente: http://blog.myheritage.es/

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